miércoles, 3 de agosto de 2016

Leyenda del crisantemo, flor nacional de Japón

             Esta pomposa flor llegó a Europa a finales del siglo XVIII a través de la corte francesa, aunque su cultivo en Japón y en China se remonta a varios siglos atrás. Nosotros, nos hemos acostumbrado a asociar el crisantemo al recuerdo afectivo de los difuntos, confiriéndole una parte triste y doliente que se ha ganado por aparecer cuando todos los cementerios se llenan de estas preciosas flores. Si bien, los horticultores han logrado que cada estación asista al nacimiento de nuevas variedades y brote con todos los colores del arco iris. Y como toda flor que se admira tiene su pequeña historia o leyenda, el crisantemo no podía ser menos. Apartemos de ellos todo lo que de amargo puedan transmitirnos pues, al fin y al cabo, no tienen la culpa de ser más abundantes en cierta época del año.
            Cuenta una leyenda que una noche de clara luna, una bella joven de ojos rasgados paseando por su jardín dirigía sus pensamientos hacía el feliz mortal que la había hechizado. Como todas las damitas que tiemblan por amor, se dispone a hacer de una flor, tal vez a una pequeña margarita, su confidente: «¿Me ama, no me ama?». Alarga su mano para cortarla cuando un duendecillo morador de aquel delicioso jardín se lo impide a cambio de que elija otra, con la promesa de que su esposo vivirá tantos años como pétalos tuviera la flor de su elección. La joven busca pero no la encuentra. Desesperada y llorosa se dispone a renunciar cuando de pronto descubre un clavel persa. Con la punta del alfiler que llevaba prendido en su pecho y con sutil ternura femenina, va separando los pétalos en finas cintas rizosas y empieza a contar: veinte, cincuenta, cien… Excitada de alegría se detiene confiando en la promesa del travieso duendecillo. En sus manos palpitaba una flor desconocida: acababa de nacer el crisantemo, la flor nacional de Japón.
             Al visitar nuestro cementerio repleto de flores, recordaba esta leyenda que no carece de encanto y que, a juzgar por la procedencia del crisantemo, debió surgir de algún cerebro oriental. ¿Hay otra flor que tenga más pétalos? Tantos como lágrimas, oraciones y recuerdos, dedicamos a todos los que queremos y que ya no están entre nosotros.

miércoles, 20 de abril de 2016

Canción del amor prohibido



Sólo tú y yo sabemos lo que ignora la gente
al cambiar un saludo ceremonioso y frío,
porque nadie sospecha que es falso tu desvío,
ni cuánto amor esconde mi gesto indiferente.


Sólo tú y yo sabemos por qué mi boca miente,
relatando la historia de un fugaz amorío;
y tú apenas me escuchas y yo no te sonrío...
Y aún nos arde en los labios algún beso reciente.


Sólo tú y yo sabemos que existe una simiente
germinando en la sombra de este surco vacío,
porque su flor profunda no se ve, ni se siente.


Y así dos orillas tu corazón y el mío,
pues, aunque las separa la corriente de un río,
por debajo del río se unen secretamente.

José Ángel Buesa

lunes, 7 de marzo de 2016

Descansa, corazón



Como el sutil murmullo de la hoja
al caer desde el árbol  moribunda,
así  suenan los débiles latidos
de un corazón cansado en la penumbra.

Como el brillo fugaz de alguna estrella
que cruza indiferente su camino,
transcurre igual de rápido el destino
en un mar de asfalto y charreteras.

Curándome en salud, me enfrento al mundo,
que intenta silenciar mis inquietudes.
Apenas un atisbo que vislumbre,
mi corazón deambula vagabundo.

Ese músculo de extraordinaria fuerza
que aguanta los embates de la vida
en cambio se derrite sin medida
cuando el amor le ofrece su belleza

No dejes de latir corazón mío,
se más fuerte que yo en gran medida
y aguanta las injurias recibidas
sin doblegar ni un ápice tu ira.

Tú y yo, ya compartimos lo pasado
pero pronto vendrán tiempos mejores
de promesas, de sueños y de amores
y volverás a latir desenfrenado

Volver a volar libre, tal vez quieras,
descansa corazón pobre y maltrecho
como descansa el campo en el barbecho
a la espera de nuevas primaveras.

Julia L. Pomposo

sábado, 5 de marzo de 2016

El juego del amor


Una sonrisa en un bar
Un susurro, una mirada
Es el comienzo de algo
Que ni se ve, ni se palpa.

Luego, un encuentro casual
En la calle o en la plaza
Y unos ojos que le siguen
Le persiguen, le amenazan.

Y ella, quisiera correr
Huir, gritar, tener alas
Pero no puede escapar
El amor, le ha dado caza.

Julia L. Pomposo

jueves, 26 de noviembre de 2015

Violeta y el elfo


Nuestra amiga Violeta, que era una pequeña hada muy bonita y pizpireta, paseaba una tarde por un sendero del bosque, a donde acudía cada día durante la primavera para ver los nidos que las golondrinas hacían en las ramas de los árboles. Había un nido en especial que a Violeta le gustaba mucho, porque ya era el tercer año que aquella familia de aves, venía al mismo lugar a tener sus polluelos y Violeta había entablado amistad con la señora golondrina. Hablando estaban cuando apareció de pronto un elfo muy guapo que enseguida se fijó en Violeta, ambos se gustaron al momento. Ocurrió eso que llaman, un flechazo. Pasearon, hablaron y rieron hasta bien entrada la tarde y cuando ya Violeta volvía a su casa, su enamorado galán le dijo, justo al pasar junto al nido de las golondrinas. _Ahora tengo que marchar a un largo viaje que me mantendrá alejado de la comarca por unos meses, pero te prometo que antes de que estas golondrinas vuelvan, habré vuelto yo, ellas son testigos de la promesa que te hago. El elfo marchó y los meses pasaron; el verano, el otoño, el invierno....Y volvió la primavera y Violeta fue a saludar a sus amigas las golondrinas, pero el elfo no volvió. Cada año por primavera, venían las golondrinas y preguntaban a Violeta por su enamorado y la respuesta siempre era la misma. _ No ha vuelto. Fue pasando el tiempo y un año las golondrinas no vinieron, ni al siguiente, ni nunca más. Violeta fue creciendo y también un día dejó de ir al lugar donde encontró a su elfo. Con los años, poco a poco fue olvidándose de su rostro y de su voz. Pero nunca volvió a ser el hada alegre y siempre risueña que todos conocimos. Y el elfo y su promesa se perdieron para siempre en el tiempo y el recuerdo.


 Julia L. Pomposo